Las Bodegas en Maldonado

Maldonado se posiciona como región emergente en producción vitivinícola

El Espacio Gorlero de Punta del Este fue sede de un encuentro con representantes del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INAVI), el Ministerio de Turismo, la Intendencia de Maldonado y los Municipios que cuentan con bodegas en su territorio. La Dirección General de Turismo de la IDM indicó que el trabajo en conjunto entre el sector público-privado tiene como objetivo principal valorizar el universo de propuestas en base a este producto. El departamento de Maldonado, reconocido internacionalmente por la ciudad balnearia de Punta del Este, tiene un perfil innovador que lo posiciona como la región emergente en la producción vitivinícola del país. En los últimos años, se ha consolidado en materia turística el proyecto Los Caminos de la Vid y Los Olivos, impulsado por la Intendencia de Maldonado junto a establecimientos locales. Uruguay posee características inmejorables para la producción de vinos de calidad. Está ubicado entre los paralelos 30° y 35° de latitud sur, zona de las mejores áreas cultivables de Argentina, Chile, Sudáfrica y Australia. Es el único país del continente que, con influencia del océano Atlántico, se asemeja a Burdeos en temperatura, lluvia y vientos, y posee diversidad de buenos suelos con diferentes niveles de drenaje y fertilidad. Es, además, un país que combina la tradición, el conocimiento y la experiencia de la producción artesanal del viejo mundo con la energía e innovación del nuevo. El resultado son vinos singulares, con un perfil propio y características que sorprenden.

Historia

El vino llega a Uruguay durante segunda mitad del siglo XIX, de la mano de familias inmigrantes que traían su saber desde el Mediterráneo. Hacia 1870 se establecen dos viñedos en suelo uruguayo: el del vasco francés Pascual Harriague en San Antonio Chico (Salto), y la granja del catalán Francisco Vidiella en Colón (Montevideo). En 1878, Vidiella ya había adaptado la primera variedad de vid, de procedencia europea, al clima uruguayo. Al poco tiempo, Harriague hizo lo suyo con una variedad que importó de Concordia. Con la experiencia de estos pioneros como estandarte, más el trabajo de otros tantos que los siguieron, la vitivinicultura se afianzó en Uruguay y alcanzó un crecimiento que logró sustituir buena parte de la producción extranjera. Los establecimientos se multiplican y la actividad se vuelve próspera. Hasta que en 1898 un insecto plaga -la filoxera- se instala en los establecimientos, cambiando para siempre el modelo productivo. Extinguir con fuego todas las cepas atacadas por la plaga fue la disposición del gobierno para hacer frente a la crisis, además de obligar a sustituirlas por plantas injertadas sobre pie americano. La recuperación fue lenta, pero efectiva. Y en el último año del siglo XIX, la producción comenzó a retomar su senda de crecimiento. Lo novedoso de este proceso fue que la vid injertada resultó ser sensiblemente más productiva que la de plantación directa. Ello, junto a la adopción de fertilizantes orgánicos, creó una nueva vitivinicultura. Fue así que el vertiginoso crecimiento de esta industria logró que se la considerara como un auténtico símbolo de civilización y progreso.

Foto Bodegas deluruguay.com.uy

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