Adiós Nonino ¿y Punta del Este?

Posted on 03 octubre 2012 by monica

El músico argentino Astor Piazzolla eligió Rincón del Indio porque lo consideraba ideal para descansar y componer. Rodeado de un bosque de pinos y con pocos vecinos, el célebre bandoneonista encontró en la Punta del Este de fines de los años setenta, su lugar en el mundo. Los fondos de El Casco, la casa que compró a la altura de la parada 22 de la Brava, lindaban con el campo, por donde entonces vagaban ciervos axis y hasta algún jabalí que, el autor de Adiós Nonino, supo cazar. El Casco era el remanso en el que Piazzolla recalaba de diciembre a marzo, luego de las interminables giras dando conciertos por el mundo. Soñaba con retirarse un día y afincarse definitivamente allí, donde bajo un cedro azul se sentaba por las tardes a contemplar las puestas de sol y escuchar el canto de los pájaros. Se sabe, la muerte lo sorprendió antes de que pudiera concretar el sueño de vivir todo el año en Rincón del Indio.

¿A qué viene esta historia? A que el gobierno municipal de Maldonado presentó hace unas semanas un proyecto para habilitar la construcción de torres de hasta veintidós pisos en Rincón del Indio. El proyecto forma parte del Plan Director que las autoridades han diseñado para el denominado eje Aparicio Saravia y que incluye, además de las torres, edificios de hasta cinco pisos, un centro de convenciones, un campus universitario, la construcción de una nueva terminal de ómnibus y la erradicación del asentamiento El Placer.

Como era de esperar, muchos vecinos se oponen a que Rincón del Indio tenga el mismo destino que la Península, la rambla de la Mansa y la Brava, algunas puntos de Punta Ballena o los alrededores del bosque Lussich. Estas zonas, generosamente premiadas por la naturaleza, al compás de la plata dulce de los 70, primero; la pizza regada con champán de los 90, después; y del boom de la construcción que surgió en 2004 y que -desacelerado- se mantiene hasta hoy, cambiaron para siempre y no precisamente para bien a Punta del Este. Se llevaron buena parte de su identidad, aunque no pudieron aún arrebatarle el alma.

Los vecinos no se oponen a todo. En una declaración, hecha pública, hace unos días dejaron en claro que están de acuerdo con que se construya un centro de congresos y conferencias y un campus universitario porque “van en la dirección del crecimiento, de la armonía, del respeto de la realidad cultural” del departamento de Maldonado.

¿Es necesario construir más torres? ¿Para qué se delimitó Roosevelt como zona de edificación en altura? ¿Se ha hecho un estudio sobre cuántos de los edificios que están allí en construcción o recientemente terminados, se han vendido? ¿Cuántos de los proyectos que se anuncian por toda Punta del Este se van a concretar realmente, ante la incertidumbre que genera Argentina y la crisis de Europa? ¿Se ha estimado cuántas hectáreas pobladas de árboles desaparecerán? ¿Se ha investigado qué sucede con los inversores españoles y europeos en general que -en los últimos años- aportaron buena parte de los capitales para levantar torres o grandes emprendimientos edilicios? Está claro que la construcción genera miles de puestos de trabajo y su efecto multiplicador mueve una parte importante de la economía. Pero la obligación de todos y particularmente de los gobernantes es planificar más allá de un efímero presente. Es pensar en las generaciones que nos sucederán. Y, si no, miremos lo que está pasando con la enseñanza pública.

Creo que llegó la hora de que autoridades y vecinos, de una buena vez, se sienten en torno a una mesa a pensar y acordar qué futuro quieren para Punta del Este. Si el balneario que enamoró y motivaba a componer a Astor Piazzolla o al poeta español Rafael Alberti, o una ciudad de cemento y hormigón, sin bosques, sin identidad.
El País Digital

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